hacer lo que se le antoje. El problema es que no existe.
Camino de Javier Fesser (2008), es una gran película muy especial en bastantes sentidos. Camino es la historia ficcionada de un caso real de una niña ligada al Opus Dei que al sufrir un cáncer es utilizada en beneficio de dicha organización.
Es lógico, que a partir de aquí pensemos que es una película horriblemente politizada que solo gustara a los judíos rojos y masones... Tal vez lo sea, pero no se debe negar la calidad del relato, ideologías, filosofías y espiritualidades aparte.
Fesser compone un relato que aún cayendo a veces en un exceso de sentimentalismo puro y duro, y tal vez no manejando bien el ritmo hacia el final del metraje, es sumamente atractiva, rabiosamente profunda e increíblemente imaginativa.
En un principio, la historia está concebida como un cuento para niños, para transformarse en una visión surrealista (probablemente lo mejor y más espectacular del filme), terminando con un surrealismo que lidia de forma extraña entre el blanco y el negro.
El infantilismo hace que el público se enganche convirtiéndola en la mar de accesible, y cogiendo a la gente por la pechara hasta el fin. Pero ganado esto, se opta por la dificultad del mundo onírico, jugada de riesgo, pero sin duda por lo que la película será recordada.
Y cuando los sueños entran en la realidad y se entremezclan las alucinaciones con lo perceptible, comienzan las divagaciones sobre la fe y un sinfín de analogías la mar de atractivas. Véase el caso, de confundir a Jesucristo con el amor de infancia de nombre Jesús. Eso permite desencadenar una serie de confusiones que, partiendo de una premisa la mar de errónea, crea una argumentación que racionalmente es indefendible pero que sentimentalmente resulta indestructible (o así se defienden muchos en ese término tan... tan... ¿¡abstracto!? Denominado Fe).
Sentimentalmente Dios resulta una creación que puede resumirse de forma tan sencilla como un hombre que lo conoce y lo puede todo pero que tiene un problema: solo existe en la imaginación de los que piensan en él. Esto es toda una frustración pues pudiéndolo todo las cosas están bastante...jodidas.
El problema radica en que cuando una imaginación particular se regulariza y se impone como criterio ejemplificador puede causar muchos daños. Cierto es que aún resultando bálsamo de mentes atormentadas y necesitadas de esperanza, nos encontramos ante el problema de otorgarle a una cabeza no definida (si bien es verdad que uno nunca termina de definirse), la de un niño, un miedo y una visión subyugada de la vida ante la posibilidad de un beneficio muerto indemostrable.
Si todo esto lo exageramos entraríamos ya a hablar del Opus Dei que ,como la religión católica y no lo olviden parte legal totalmente permitida por la misma (es decir, no estamos hablando de una secta aunque sería para estudiarlo), se aprovecha de la ignorancia. Y aquí podríamos entrar a hablar de cuál es la actitud o el motivo que impulsa a la madre (una magnífica y muy odiable Carmen Elías): ¿tradición?, ¿ignorancia?, ¿la necesidad de destacar en un determinado entorno social y familiar?; o porqué el padre (un carismático e inolvidable Mariano Venancio) es tan permisivo ante todo y se deja dominar ante tanta falta de criterio.
Pero además vemos como una niña (increíble como se carga Nerea Camacho la película a las espaldas con tanta convicción) es coartada de su infancia por unos ideales y, niña ella, acepta por la confianza que genera su madre como madre que es. Evolución que se convertirá en duda por la pasividad de su Dios ante la situación. Duda y miedo que transformaran a su ángel de la guarda en todo un cáncer espiritual. Y se debe nombrar, también, a una de las actrices con mayor proyección de la península, Manuela Vellés (a la que pudimos disfrutar en la discutible pero interesante Caótica Ana), demostración de la ignorancia manipulada hasta el punto del miedo vital en pos del beneficio de una organización machista y medieval.
El punto sublime de la película llega con el final (y también su mayor falta de ritmo). Y es que resulta superlativo las comparaciones entre la religión y el teatro. Aquí el montaje juega un papel fundamental alternando la ficción, la enfermedad y el teatro y rematado con un aplauso final que engloba todo, la muerte, el triunfo de la estupidez y el fin de la obra. Pero lejos de rematar con este aplauso final, Fesser decide hacer una genialidad técnica y temática: utilizando cinta de Super 8, consigue grabar la visión del mismísimo Dios que tiene camino en el Hospital. Parece que no se nos va a mostrar lo que la cámara ha tomado y sin embargo en un último cortometraje de lo que se ha ido grabando durante toda la historia, en el último fotograma, en la esquina de la habitación de Camino no hay absolutamente nada. Una nada decepcionante y orgásmica.
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