domingo 12 de abril de 2009

Revolutinary Road

¿Has sentido alguna vez la necesidad de morir? Revolutionary Road de Sam Mendes es una buena película que, tal vez no alcance la excelencia, pero que su visionado tiene un trasfondo sumamente atractivo. El filme narra como a una pareja, harta de sus rutinas y vidas insulsas, se les presenta la oportunidad de dar un cambio radical. Su desarrollo es: ¿es la hora de trasformarse?


Tal metamorfosis se plasma sin excesivos dramatismos, con un ritmo bien traído (salvo hacia el final de la historia) y su desarrollo es lógico. Una vida entre cientos de miles, simple y aburrida, que obliga a sus protagonistas a tomar decisiones amorales que ponen en peligro la estabilidad de la pareja. Todo causado por el fracaso de ambos, por la ruptura de los sueños de juventud que rara vez se cumplen. Llegado a un punto crítico, quiere la ocurrencia, el poder romper con todo. Pero para ello hay que desprenderse de muchas cosas que se creen vitales. Básicamente, de la seguridad o, mejor dicho, de la inseguridad a la que te obliga a vivir la represión de la costumbre.


Y tal vicio es el que obliga a, sin querer tenerlo, no desprendernos de él aún a sabiendas de que la incertidumbre pueda ser una de las cosas más valiosas que se puedan poseer. Solo los locos parecen entender todas estas verdades y por ellas se les considera así.


El problema está en que cuando uno se vuelve loco pero tu otra mitad no está convencida de ello pocas salidas te quedan ya. Y más cuando esas únicas carreteras son irracionales. Conclusión, ¿has sentido alguna vez la necesidad de morir? No se nos plantea en imagen un accidente sino una clara idea de terminar aunque sí podría interpretarse, en el último minuto, el arrepentimiento, más por la necesidad de sobrevivir que por cuestionamientos morales que a la hora de la verdad son mentira.

No falseamos nada si afirmamos que Mendes no alcanza la rotundidad técnica, fotográfica e incluso pictórica de otras de sus obras (ni las rosas de American Beauty, ni la impresionante lluvia de Camino a la Perdición, o las composiciones petroleras de Jarhead). Aunque no olvida quién es, tanto en el paralelismo monotonía contra felicidad, montado por igual, o la escena de la sangre, imagen imborrable.


Pero para no desilusionarnos, las actuaciones llenan sobremanera lo que pudiera faltar, con un DiCaprio correcto (en un papel poco agradecido) y una Winslet fuera de órbita. Quien sería el tonto que insinuó que esto podría ser una secuela de Titanic.


Lo que no es fácil asegurar, si se hunde o no, es la escena final. Muy alejada del esquema narrativo que se plantea pero genial en cuanto a mostrar una idea demoledora y casi indiscutible. Esto es, la única forma de ser feliz es no escuchar a la realidad.

Néstor García García

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