lunes 5 de mayo de 2008

1000 Años de Oración

“Hacen falta trescientos años de oración para cruzar un río con alguien en una barca”.


1000 años de oración (2008) de Wayne Wang, relata como una china que vive en EEUU recibe la visita desde su país natal de su padre. Un rencor enmascarado por la dictadura comunista esconde las ansias de redención de unos y de felicidad de otros.


1000 años de oración es una poesía difícil de leer que sin embargo mantiene el interés a lo largo de todo el metraje. Una improvisación donde todos los elementos están paradójicamente ensayados. Un filme simple que esconde bastante complejidad y muy barato en lo que a producción se atañe pero no en tanto a los recursos técnicos que aporta. Lo mejor radica tanto en sus maravillosos (aunque escasos) diálogos y la conjunción de una cultura asiática que se inserta sin artificios en un mundo americano.


Este aparente choque lleva a descubrir como la mentalidad generacional cambia. No se sabe exactamente porqué, si por la moralidad inculcada en familia, por una sociedad oprimente o un estado que ha decido meterse donde no le llaman. Más concreto es el caso de una necesidad redentora, del ansia de inculcar lo que no supimos hacer en el presente con la finalidad no de hacer feliz a la persona que trata de ayudarse (como de cara a la galería se muestra), sino por un desarrollo y satisfacción puramente personal (aunque esto sea subconscientemente). En verdad, estas aparentes diferencias moralizantes que quieren inculcarnos terminan por ser solo la comidilla de discusiones absurdas que simplemente nos hacen pasar el rato.


La idea del tiempo también la tenemos muy presente. El choque entre una vida jubilada en una cultura aparentemente más relajada se enfrenta a unos modos obligados de ir corriendo a todos los sitios porque el trabajo nos lo exige o por la necesidad de huir de lo que tenemos en casa.

En una frase puede resumirse este modo vital imperante y a veces aterrador: si estás suscrita al periódico deberías leerlo, dice cosas muy interesantes. De aquí no solo emana una simplista afirmación anti-consumista (que no creo que sea el caso) sino una forma de entender una vida en la que, a menudo, pasamos tan rápido que no reparamos en ella.


Resulta, sin embargo, algo más evidente, el choque contra todas las ideologías extremistas. Realmente si lo piensan, todas las ideologías pecan en este sentido. Aquí el conflicto reside en el enfrentamiento entre el comunismo chino y el fundamentalismo iraní de una forma sutil en las conversaciones entre ancianos, y de los postulados filosóficos contra los religiosos, reflejados en las conversaciones con los testigos a domicilio (la utilización de una religión minoritaria, me aventuro a decir, responde a un intento de poner a la altura de la anormalidad absurda todas las religiones, pero esto es algo que se me ocurre sobre la marcha). No estamos ante un desprestigio ideológico ni una haber quien gana la discusión porque la tiene más grande, sino que dentro de lo similares que son las ideologías (aunque sus matices y decoraciones las hacen creer brutalmente opuestas) quienes las defienden son personas iguales que, en la teoría (y solo en la teoría), pueden convivir en un entramado social y ser hermanos, amigos, amantes...


Y dentro de tanta trascendencia, aun queda sitio para enternecer con la eterna historia del abandono de ancianos en una residencia. Por motivos sanitarios se entiende; pero el filme plantea como las generaciones anteriores son destruidas aunque estas, aparentemente, no solo no sean molestas sino que además resulten enriquecedoras.

De estas conversaciones geriátricas y de algunas más se desprende un halo de incomunicación. Esta idea, evidentemente solo funciona si no eres chino o iraní, pues el subtitulado de dichos idiomas no se efectúa si el contertulio no lo entiende. Esto, insisto, hace que la narración sea algo más pesada pero exige de toda nuestra concentración para seguir las conversaciones y, encima, nos obliga a pedir más palabras a una cosa que ya queda bien clara con lo que, probablemente, aumente nuestro interés.


Y con la incomunicación llegamos al final, un final soso como la vida, con la necesidad de una esperanza que se nos otorga pero que nunca tendrá porque llegar. Pero claro, la esperanza dulcifica el cerebro y así puede que nos complazca el resultado del filme.


Punto y aparte para Henry O (ojalá todos los actores tuvieran nombres como este) que da vida a un personaje imprescindible, sin más.


En definitiva, 1000 años de oración es un poema que emana sensaciones que se transforman en reflexiones personales y que su única culpa reside en ser poco cinematográfico.


Néstor García
www.deformacionprofesional.org

2 comentarios:

soycritico.com dijo...

Profundo e interesante análisis, como siempre. Te veo en la revista Cahiers du Cinema. Wayne Wang es un tipo peculiar que ha intentando combinar proyectos personales (Smoke) con otros comerciales (Sucedió en Manhattan) sin mucho éxito.
Un saludo

Néstor dijo...

Esperemos que el dios del cinematógrafo te oiga y aún más que nos encontremos ambos en la publicación,jeje.

Como siempre, gracias por sacarme los colores con tu comentario y por ampliar la información.

Un saludo
Néstor García
www.deformacionprofesional.org