Puede que el silencio sea un alivio pero algún día las cocochas
se te indigestarán y entonces no habrá ningún médico para sanarte.
Todos estamos invitados (2008) de Manuel Gutiérrez Aragón narra dos historias. Por un lado, la de un profesor universitario (José Coronado) que por reivindicarse contra la banda terrorista ETA está amenazado; por el otro, la de un terrorista (Óscar Jaenada) que tras un accidente de coche que sufre mientras efectúa un atentado pierde la memoria.
Gutiérrez Aragón dirige una cinta irregular, con personajes que en muchas ocasiones están muy desdibujados y que pierde ritmo e interés en su parte central. Sin embargo, un final forzadamente abierto, aunque no arriesgado, nos hará saber que no hemos tirado el dinero y que, aunque parezca difícil, nos han inculcado una conciencia, a todas luces, necesaria.
Creo necesario, antes de empezar mi habitual discurso, hacer una pequeña aclaración para los lectores que se encuentran fuera de España y que no tienen porque conocer la situación del terrorismo en el País Vasco y que de no ser así, tendrán difícil descodificar la película. La banda terrorista ETA es un grupo que nació en la dictadura franquista para defender los ideales vascos a través de atentados terroristas (que se cobraron la vida de dirigentes como Carrero Blanco). Muerto el dictador y entrando España en periodo de democracia, la banda terrorista comenzó a asesinar a policías, políticos y prácticamente a cualquiera para defender la independencia de Euskal Herria frente a España. Aclarar que, aunque se denomine País Vasco, este territorio es una comunidad autónoma igual que lo pueden ser Madrid o Andalucía. Hasta la fecha de hoy y tras varios intentos fallidos de deposición de las armas, ETA ha asesinado a 940 personas.
Dicho esto, en
En este ámbito de las personas, vemos que el silencio es complicidad aunque se escude bajo un sentimiento muy humano que es el de la propia supervivencia; pero claro, ¿Que pasaría si de repente y sin venir a cuento te vieras amenazado por los terroristas? Lo más probable es que entonces pidieras un ¡a mí la legión! Y encabezases todos los movimientos de repulsa llamando cobardes a quienes no lucharan contra la opresión.
Si generalizamos esto, nos damos cuenta de que estamos ante un problema cotidiano y es que hasta que no nos salpica la mierda no tratamos de limpiarla. Se entiende y muchas veces se cumple. Sirvan estas líneas para remover alguna conciencia, incluso la propia, y aunque no podamos cambiar el mundo si queramos insultarlo. A esto si que están todos invitados.
Punto de maestría lo observamos en el qué tiene que hacer una persona para no ser objetivo de los asesinos. Denuncia a unas autoridades policiales que no quieren o no pueden hacer nada (probablemente ambas situaciones estén en equilibrio), eliminación de las rutinas para no ponérselo fácil... hasta aquí nada nuevo. Pero la gracia está en como con una simple frase descubrimos que no todas las personas amenazadas son élites con grandes capitales económicos sino que hasta una señora de la limpieza puede encontrarse en el punto de mira. Y claro, ante la afirmación de “contrate a unos guardaespaldas”, la respuesta es ¿Y qué hacemos sino podemos pagarlos?
Sin embargo, toda esta aparente profundidad cae en el simplismo debido a un montaje que no se encuentra, con vínculos insostenibles, unas actuaciones que solo llegan a la corrección pero, sobre todo, a un guión predecible que parece tener escrito el final pero que se olvido de todo lo que le precede. Así, nos caemos en lugares comunes, creamos personajes que se creen protagonistas y que no tienen ninguna función en la trama (como en el caso de Oscar Jaenada) y en muchas ocasiones, no entendemos nada y comprendemos que aunque lo rece el título, nadie desea invitarnos a esta comida.
Néstor García
www.deformacionprofesional.org









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