lunes 5 de mayo de 2008

1000 Años de Oración

“Hacen falta trescientos años de oración para cruzar un río con alguien en una barca”.


1000 años de oración (2008) de Wayne Wang, relata como una china que vive en EEUU recibe la visita desde su país natal de su padre. Un rencor enmascarado por la dictadura comunista esconde las ansias de redención de unos y de felicidad de otros.


1000 años de oración es una poesía difícil de leer que sin embargo mantiene el interés a lo largo de todo el metraje. Una improvisación donde todos los elementos están paradójicamente ensayados. Un filme simple que esconde bastante complejidad y muy barato en lo que a producción se atañe pero no en tanto a los recursos técnicos que aporta. Lo mejor radica tanto en sus maravillosos (aunque escasos) diálogos y la conjunción de una cultura asiática que se inserta sin artificios en un mundo americano.


Este aparente choque lleva a descubrir como la mentalidad generacional cambia. No se sabe exactamente porqué, si por la moralidad inculcada en familia, por una sociedad oprimente o un estado que ha decido meterse donde no le llaman. Más concreto es el caso de una necesidad redentora, del ansia de inculcar lo que no supimos hacer en el presente con la finalidad no de hacer feliz a la persona que trata de ayudarse (como de cara a la galería se muestra), sino por un desarrollo y satisfacción puramente personal (aunque esto sea subconscientemente). En verdad, estas aparentes diferencias moralizantes que quieren inculcarnos terminan por ser solo la comidilla de discusiones absurdas que simplemente nos hacen pasar el rato.


La idea del tiempo también la tenemos muy presente. El choque entre una vida jubilada en una cultura aparentemente más relajada se enfrenta a unos modos obligados de ir corriendo a todos los sitios porque el trabajo nos lo exige o por la necesidad de huir de lo que tenemos en casa.

En una frase puede resumirse este modo vital imperante y a veces aterrador: si estás suscrita al periódico deberías leerlo, dice cosas muy interesantes. De aquí no solo emana una simplista afirmación anti-consumista (que no creo que sea el caso) sino una forma de entender una vida en la que, a menudo, pasamos tan rápido que no reparamos en ella.


Resulta, sin embargo, algo más evidente, el choque contra todas las ideologías extremistas. Realmente si lo piensan, todas las ideologías pecan en este sentido. Aquí el conflicto reside en el enfrentamiento entre el comunismo chino y el fundamentalismo iraní de una forma sutil en las conversaciones entre ancianos, y de los postulados filosóficos contra los religiosos, reflejados en las conversaciones con los testigos a domicilio (la utilización de una religión minoritaria, me aventuro a decir, responde a un intento de poner a la altura de la anormalidad absurda todas las religiones, pero esto es algo que se me ocurre sobre la marcha). No estamos ante un desprestigio ideológico ni una haber quien gana la discusión porque la tiene más grande, sino que dentro de lo similares que son las ideologías (aunque sus matices y decoraciones las hacen creer brutalmente opuestas) quienes las defienden son personas iguales que, en la teoría (y solo en la teoría), pueden convivir en un entramado social y ser hermanos, amigos, amantes...


Y dentro de tanta trascendencia, aun queda sitio para enternecer con la eterna historia del abandono de ancianos en una residencia. Por motivos sanitarios se entiende; pero el filme plantea como las generaciones anteriores son destruidas aunque estas, aparentemente, no solo no sean molestas sino que además resulten enriquecedoras.

De estas conversaciones geriátricas y de algunas más se desprende un halo de incomunicación. Esta idea, evidentemente solo funciona si no eres chino o iraní, pues el subtitulado de dichos idiomas no se efectúa si el contertulio no lo entiende. Esto, insisto, hace que la narración sea algo más pesada pero exige de toda nuestra concentración para seguir las conversaciones y, encima, nos obliga a pedir más palabras a una cosa que ya queda bien clara con lo que, probablemente, aumente nuestro interés.


Y con la incomunicación llegamos al final, un final soso como la vida, con la necesidad de una esperanza que se nos otorga pero que nunca tendrá porque llegar. Pero claro, la esperanza dulcifica el cerebro y así puede que nos complazca el resultado del filme.


Punto y aparte para Henry O (ojalá todos los actores tuvieran nombres como este) que da vida a un personaje imprescindible, sin más.


En definitiva, 1000 años de oración es un poema que emana sensaciones que se transforman en reflexiones personales y que su única culpa reside en ser poco cinematográfico.


Néstor García
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miércoles 30 de abril de 2008

Todos estamos invitados

Puede que el silencio sea un alivio pero algún día las cocochas se te indigestarán y entonces no habrá ningún médico para sanarte.

Todos estamos invitados (2008) de Manuel Gutiérrez Aragón narra dos historias. Por un lado, la de un profesor universitario (José Coronado) que por reivindicarse contra la banda terrorista ETA está amenazado; por el otro, la de un terrorista (Óscar Jaenada) que tras un accidente de coche que sufre mientras efectúa un atentado pierde la memoria.

Gutiérrez Aragón dirige una cinta irregular, con personajes que en muchas ocasiones están muy desdibujados y que pierde ritmo e interés en su parte central. Sin embargo, un final forzadamente abierto, aunque no arriesgado, nos hará saber que no hemos tirado el dinero y que, aunque parezca difícil, nos han inculcado una conciencia, a todas luces, necesaria.

Creo necesario, antes de empezar mi habitual discurso, hacer una pequeña aclaración para los lectores que se encuentran fuera de España y que no tienen porque conocer la situación del terrorismo en el País Vasco y que de no ser así, tendrán difícil descodificar la película. La banda terrorista ETA es un grupo que nació en la dictadura franquista para defender los ideales vascos a través de atentados terroristas (que se cobraron la vida de dirigentes como Carrero Blanco). Muerto el dictador y entrando España en periodo de democracia, la banda terrorista comenzó a asesinar a policías, políticos y prácticamente a cualquiera para defender la independencia de Euskal Herria frente a España. Aclarar que, aunque se denomine País Vasco, este territorio es una comunidad autónoma igual que lo pueden ser Madrid o Andalucía. Hasta la fecha de hoy y tras varios intentos fallidos de deposición de las armas, ETA ha asesinado a 940 personas.

Dicho esto, en la Comunidad Autónoma Vasca, la mayoría de los no partidarios de la independencia viven en un clima de silencio ante las barbaridades que allí se cometen, como extorsiones, asesinatos... La película trata de transmitir este clima que es probable que a los no iniciados sorprenda pero que a poca cultura que se tenga sobre el tema no aporta nada. Sin embargo, también hace la jugada inversa que es establecer vínculos entre la gastronomía vasca y la situación del territorio que pueden llegar a entenderse pero que resultan excesivamente personales.

En este ámbito de las personas, vemos que el silencio es complicidad aunque se escude bajo un sentimiento muy humano que es el de la propia supervivencia; pero claro, ¿Que pasaría si de repente y sin venir a cuento te vieras amenazado por los terroristas? Lo más probable es que entonces pidieras un ¡a mí la legión! Y encabezases todos los movimientos de repulsa llamando cobardes a quienes no lucharan contra la opresión.

Si generalizamos esto, nos damos cuenta de que estamos ante un problema cotidiano y es que hasta que no nos salpica la mierda no tratamos de limpiarla. Se entiende y muchas veces se cumple. Sirvan estas líneas para remover alguna conciencia, incluso la propia, y aunque no podamos cambiar el mundo si queramos insultarlo. A esto si que están todos invitados.

Punto de maestría lo observamos en el qué tiene que hacer una persona para no ser objetivo de los asesinos. Denuncia a unas autoridades policiales que no quieren o no pueden hacer nada (probablemente ambas situaciones estén en equilibrio), eliminación de las rutinas para no ponérselo fácil... hasta aquí nada nuevo. Pero la gracia está en como con una simple frase descubrimos que no todas las personas amenazadas son élites con grandes capitales económicos sino que hasta una señora de la limpieza puede encontrarse en el punto de mira. Y claro, ante la afirmación de “contrate a unos guardaespaldas”, la respuesta es ¿Y qué hacemos sino podemos pagarlos?

Sin embargo, toda esta aparente profundidad cae en el simplismo debido a un montaje que no se encuentra, con vínculos insostenibles, unas actuaciones que solo llegan a la corrección pero, sobre todo, a un guión predecible que parece tener escrito el final pero que se olvido de todo lo que le precede. Así, nos caemos en lugares comunes, creamos personajes que se creen protagonistas y que no tienen ninguna función en la trama (como en el caso de Oscar Jaenada) y en muchas ocasiones, no entendemos nada y comprendemos que aunque lo rece el título, nadie desea invitarnos a esta comida.

Néstor García

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lunes 21 de abril de 2008

Un desalojo... otra cultura

La casa “okupada” El Cierre ofrece alternativas de ocio y desarrollo intelectual al margen del sistema

Una bandera negra ondea en Getafe. Colgada de un mástil resulta ser la nueva insignia de lo que antes era conocido como Bar El Cruce, en las Margaritas. La taberna, aparentemente deshabitada, recupera una utilidad que llevaba años perdida y que ahora desemboca en vías de una cultura alternativa para un público que busca una forma de desarrollo diferente a los cauces normales. Ahora resulta ser un centro social “okupado” autogestionado (CSOA) con el nombre de El Cierre.

El Cierre es lo que comúnmente tiende a denominarse como una casa “okupa”, una edificación que, al parecer estar abandonada, es tomada por grupos de personas que deciden darle una función nueva. En este caso, el centro social responde a varios objetivos según sus organizadores: en primer lugar, el deseo de “desaborregar a la juventud con formas alternativas de ocio diferente y reflexivo, donde la música, la ciencia, el arte y la política converjan incubando un germen transformador.” Pero además, como una forma de combate contra la especulación urbanística y una lucha contra la desigualdad y la estratificación social generada por la propiedad privada.

Pero las razones también apelan en el terreno personal. Marta, de 21 años, cuyo nombre expuesto es falso pues teme “las represalias violentas de personas contrarias a mis pensamientos; no porque me avergüence de lo que hago” (matiza que estás personas pertenecen a grupos neonazis), es un miembro activo del Centro Social y suspira que “estar en este proyecto es una liberación, un espacio liberado de prejuicios, de presiones sociales, donde poder sentirse uno mismo”.

Ella nos muestra las actividades que se realizan en un casa de dos pisos, estrecha, pero que cualquier niño de pueblo desearía tener para organizar una peña. La habitación de entrada, la más grande de todas pues era donde se encontraba el bar, es el lugar en el que los fines de semana se organizan conciertos tanto de cantautores como de bandas. El precio de los mismos es de tres euros, una cantidad que solo responde a la necesidad de autogestión del centro. Y es que una de las premisas de los CSOA es mantenerse únicamente con el dinero que surge de las actividades que se organizan. Por ello, resulta imposible llegar a acuerdos con el Ayuntamiento porque según Marta “ellos no buscan lo mismo que nosotros y además no queremos depender de una caridad que a la larga terminaría destruyendo lo que queremos construir”.

Por otro lado, según Marta, los vecinos tampoco parecen estar molestos con su presencia ya que, tal y como recita “procuramos que los conciertos y las posibles aglomeraciones de gente terminen como muy tarde a las 12 y así nos evitamos tener a los maderos (la policía) en la puerta de la casa”.

Este hecho, parece haberles llevado a no recibir ninguna denuncia ni por parte de los vecinos ni del propietario, al que dicen “no conocer”. Desde 1996 la ocupación de una vivienda es un hecho ilegal reflejado de esta forma en el artículo 245.2: “El que ocupare, sin autorización debida, un inmueble, vivienda o edificio ajenos que no constituyan morada, o se mantuviere en ellos contra la voluntad de su titular, será castigado con la pena de multa de tres a seis meses.” Pero la Oficina de Okupación de Madrid contrarresta este hecho amparándose en el estado de necesidad reflejado en el artículo 20.5 del Código Penal por el cual están exentos de criminalidad los que “en estado de necesidad, para evitar un mal propio o ajeno lesionen un bien jurídico de otra persona o infrinjan un deber” y en el Artículo 47 de la Constitución española que refleja que todos tienen derecho a una vivienda digna y que el Estado regulará “la utilización del suelo de acuerdo con el interés general, para impedir la especulación.”

Cierre de puertas

Recorriendo los pasillos de la casa es visible que las paredes recientemente pintadas con colores histriónicos sostienen un conjunto de cuadros sobre África y otros sobre violencia machista. Deben advertirnos que estamos ante una exposición. Al final de la habitación, sobre un par de estantes una montaña de vestimentas esperan a ser utilizadas. Marta defiende que eso es “un mercadillo de intercambio de ropa. Tu puedes coger la prenda que quieras pero a cambio deberás dejar una tuya”. Enfrente de la pulcra pared libre de al lado cuelga un proyector donde, a menudo, organizan ciclos de cine gratuitos. Subiendo por las escaleras se llega a la “biblioteca”, una estantería con más de un centenar de ejemplares, con un pequeño espacio que se reserva como videoteca. A su vera un conjunto de sillas que sirven tanto para las charlas y debates que organizan como para la reunión de la asamblea. Los CSOA se dirigen a través de este sistema asambleario por el cual o se alcanza el consenso unánime o la directriz no puede llevarse a cabo. En el caso de El Cierre, la asamblea “está constituida por diez personas de 16 a 26 años pero el problema de este sistema es que las reuniones pueden durar horas sin sacar nada en claro. Pero de este modo tratamos de encontrar la solución que más interese a todos” suspira Marta.

Una de las últimas propuestas aceptadas en asamblea fue la de organizar un comedor vegetariano un viernes cada 15 días a precios, reza el anuncio, “muy asequibles”. Aunque las actividades tienen cierto público, Marta confiesa que “siempre estás pensando en que podías hacer para interesarle tanto al niño de cinco años, como a la ama de casa o el emigrante. Es muy complicado que una persona decida entrar por iniciativa propia porque existe un prejuicio hacia estas propuestas y tal vez nosotros pequemos de no abrirnos al barrio todo lo que pudiéramos”. La cosa parece quedar en intentar llegar con una cultura alternativa a todo el que quiera recibirla o, al menos, como bromea Marta “hasta que no quepa nadie más”.


Néstor García
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martes 8 de abril de 2008

El Aura

¿Será el aura lo único inherente a la persona? Puede que todos los días vivas en un cuerpo extraño, con una personalidad que no es tuya. Y tal vez el aura sea la inevitable forma en que te reconoces, solo en la intimidad y la que, a menudo, te salva la vida.


El Aura (2005) de Fabián Bielinsky nos cuenta como un embalsamador de animales (Ricardo Darín) que padece de epilepsia se ve involucrada en un asesinato. Aunque pareciera lo contrario, este hecho le favorece pues romperá su aparente monotonía vital en favor de nuevas gestas de otras vidas que ya no respiran.


El Aura es un thriller argentino sobrio, inteligente y en muchos momentos interesante aunque sea bastante difícil meterse en situación. No solo porque el acento argentino, que me encanta, requiera de toda mi concentración para seguir un diálogo (recuerden que este espacio se hace desde España), sino que la recreación en los detalles que es magnífica para la conclusión del filme, convierte su desarrollo en un pastizal silencioso con serios riegos de provocar somnolencias en el espectador.


Pero aunque el desarrollo narrativo sea, como ya he dicho, excesivamente denso, hay elementos que hacen destacar a este filme. En primer lugar, nos encontramos con unos personajes llenos de matices, enriquecidos con diálogos escasos. Ricardo Darín, como siempre magnífico, con un papel complejo, introspectivo, que no cuenta nada pero parece mostrar mucho.


Pasó inverso parece hacer la fotografía, que contextualiza y da un ambiente, un aura de negrura, de soledad, de verdades mentirosas que cuenta mucho y con molesta frecuencia sombrea demasiado (tanto que a veces es imposible mirar que está pasando). Aún así el efecto funciona y le aporta personalidad.

Con igual distinción actúa la técnica con algunos trucajes de montaje interesantes, como los pasos hacia delante de la trama que solo son fruto de la imaginación (este recurso me suele fascinar en todas las películas que se emplea), la correspondencia de planos de unas butacas a otras pero sobretodo el uso de los detalles. De igual modo, lo mejor es lo peor, porque si bien es cierto que para la conclusión los detalles son fascinantes (tanto en guión como en montaje) en su desarrollo fallan al ritmo y podrían destruir a más de uno y de dos.


Pero para los que aguantaron vamos a lanzar una teoría conspiranoide. Si alguien a caído en ello, el principio y el final de la película son prácticamente calcados con la misma música, la misma situación, el mismo personaje, salvo con la salvedad (que redundancia más tonta) del perro (del que no me atrevo a lanzar teorías aunque es probable que tuviéramos la lógica esencia metafórica del título del filme); perro que por cierto no sabemos si está vivo o disecado hasta el último segundo del filme (menudo colofón más genial). La duda me asalta cuando pienso que desconocemos por completo al personaje, sabemos que tiene un curioso y extraño pasado y claro, podríamos llegar a la conclusión de un eterno retorno, es decir, ¿cómo sabemos que esta es la primera artimaña del protagonista? ¿el personaje nos ha estado engañando? Complejo pero excitante.

En conclusión, una película difícil que no levanta pasiones exacervadas pero que con varios apuntes magistrales se convierte en un producto interesante y, aunque parezca mentira, distinguido y lúdico.

Néstor García

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lunes 7 de abril de 2008

Eduardo Manostijeras

Estoy harto de ganarte siempre al piedra, papel o tijera.


Eduardo Manostijeras (1990) de Tim Burton, cuenta como una mujer encuentra a un chico que en lugar de manos tiene tijeras (esto como que era evidente con el título del filme). Su llegada a un pequeño pueblo provocará todo tipo de reacciones.


Otra de las obras maestras de Tim Burton, todo un icono de época, Eduardo Manostijeras es un cuento gótico, entrañable y dulce. Un cúmulo de sentimientos mezclados en la oscuridad y el bizarrismo que terminan en la conmoción sin resultar ñoños pero tampoco tenebrosos.


Un equilibrio, en suma, de claroscuros que nos enamora de Edward, otra gran interpretación para Jonnhy Depp, que aunque registro limitado en el filme consigue que se dibujen sonrisas constantes en todos los planos en los que osa aparecer. No tenemos tanta suerte si hablamos de una Winona (estoy intentando ahorrarme los chistes) “mangona” (¡mierda!) Ryder, en un papel muy poco convincente pero que, al menos, cumple, en cierto modo, la función de la tonta, ultradependiente niña en la edad del pavo.


El filme queda cerca de todas las edades y cada uno puede sacar lo que busca en él. Ya sean risas en diálogos ingeniosos y rápidos (nunca pensé que pudieran hacerse tantos chistes sobre tijeras); ya sean lágrimas en los dramatismos e incomprensiones que padece el personaje o en el rostro mimoso de Depp; ya sea, por último, porque decidas ese día estar intelectualoide y buscar mensajes ocultos y profundos en el relato.

Como es de esperar, la vía que escogemos aquí, por supuesto sin olvidarnos del resto, es la tercera (aquí algunos harán a coro: ¡Ou!). Y es que el filme esconde variadas interpretaciones, algunas de las cuales podemos sacar a relación. En primer lugar, nos encontramos ante una alegoría social en dos vertientes: por un lado la de los intereses, por otro la de la intolerancia. Ambas muy dependientes, la de los intereses hace que todo el mundo desee algo siempre que le vaya a hacer algún bien. Es lógico, no lo vamos a negar, pero cuando este interés se pierde por el abuso de dicho recurso, podemos llegar a la vía de la intolerancia.


Esta se traduce en mirar a un lado e incluso llegar a odiar a personas que no son estrictamente iguales a nosotros cuando anteriormente las venerábamos por sus servicios prestados. Aquí muchos podrían sentirse identificados: inmigrantes, homosexuales, discapacitados... cambien su supuesta diferencia por unas tijeras y vuelvan a mirar.


En menor medida encontramos una crítica a la falta de confianza en la juventud, o en las buenas ideas. Todo reflejado con simpleza en un banco que no quiere conceder un crédito a un tío que sobradamente ha demostrado que va a generar beneficios que terminarán compensado a todos. Pero evidentemente, sino tienes enchufe o herencia, vamos lo que se ha denominado eufemísticamente siempre como aval, pues puedes irte por la puerta que has entrado, eso sí, con la colleja escocida y el progreso en el W.C. Solo los ricos y los muy afortunados pueden tener buenas ideas.

Ideas que culminan un momento brillante del filme, ideas que deben inculcarse a una persona asocial para convivir en una realidad prefijada. ¿Por qué se enseña ética si la ética todo el mundo se la pasa por el forro de las cartucheras? A la pregunta: ¿que haría si encontrara una maleta llena de dinero? Caben muchas posibilidades pero la socialmente no repudiada es la devolver el dinero en la policía. Lógicamente todo el mundo se lo quedaría para sí, o para satisfacer las alegrías de sus allegados, ¿es eso un fin injusto, malvado? No enseñemos moral a los niños amorales si nosotros somos inmorales.


Tal vez el fallo del filme este precisamente en que toda esta profundidad está terriblemente diluida, da la sensación de tener muchas peguntas sin contestar, de que los personajes avanzan por un relato que de ser lógico tomaría otros caminos y que transforma su sencillez en una confusión que deja ganas de más.

Pero en cierto modo, esto es quejarse por quejarse, ser un tanto avaricioso, pues se desea tener mucho más cuando ya estás enormemente satisfecho.


Satisfacción, como es habitual, es lo que produce la dirección del “amo de las sombras” Burton, para crear gracias a una estupenda fotografía y unos magníficos decorados, imágenes inolvidables como la de los setos cortados, metáforas visuales fantásticas que potencian el interés del relato (¿por qué nieva?) y mezcolanzas magistrales de la luz y la sombra, en una armonía tan perfecta que deja paso a una realidad maravillosa.


Néstor García

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miércoles 2 de abril de 2008

La noche es nuestra

Vamos a hacer formulitis: si cogiéramos El Padrino, lo vaciáramos en gran parte de contenido y le diéramos la vuelta, en ese caso, la noche sería nuestra.

La noche es nuestra (2007) de James Gray, cuenta como el gerente de una discoteca, que al parecer está muy relacionada con la mafia rusa, entra en un dilema moral en favor de proteger sus intereses o el bien común representado en un padre y un hermano policías.

Nos encontramos ante un filme entretenido con aires de perdurabilidad pero que fracasa en su mayor apuesta, que es la de jugar primando los lazos afectivos y las disquisiciones morales relegando a un segundo plano la acción. Aún así, la película otorga momentos de maestro que la hacen merecedora de una alabanza.

El filme comienza, a modo en que Buñuel gustaba, con un efecto impactante, donde se resume la dinámica de la película que hace colocar al espectador en la pantalla: y es que empezamos con una masturbación así misma de Eva Mendes en presencia de su novio Joaquin Phoenix (creo que acabo de regalarle más público al filme). Morbosidades aparte, la escena rezuma cierto amor con el que es imposible entender la película sin abrir así.

La pareja es lo mejorcito del filme, con una química inusitada es la única historia que termina de convencer y que además da un colofón genial: la imposibilidad de congeniar el deber con los intereses personales. Bien pensado, ¿Por qué la gente coge trabajos de una peligrosidad tan alta, como grupos especiales de la policía, si además el salario no es ostentosamente elevado? O ¿Por qué periodistas pelean por unos ideales que saben que les harán vivir con dos hombres a la espalda por toda la eternidad? La idea del altruismo, o del sumo deber, o de la imposibilidad moral de aguantar un mundo podrido como que no terminan de convencer. ¿No sería más fácil que fuéramos unos hijos de puta que no paráramos de lucrarnos y fornicar con nuestras respectivas/os?

Pero no todo el mundo puede aguantar ser bueno y eso lo refleja una Eva Mendes en unos de sus mejores papeles donde resulta convincente, dramática, ocultadiza y muy maleable. Pero el peso de la película va para su pareja en el filme, un magnífico Joaquin Phoenix, con un registro amplísimo y que hace factible los cambios bruscos de un guión con buenas intenciones pero que ha quedado un poco a la ligera. Y aunque Phoenix se cargue la película a las espaldas, no debe negarse que tenemos unos secundarios de lujo: el siempre convincente Robert Duvall y ese buen actor prejuiciado que resulta ser Mark Wahlberg.

Entre todos construyen una historia de ambivalencias morales, en ocasiones una especie de parábola del hijo prodigo pero reformulada en clave de ni que todo es bueno ni todo es malo. Y como siempre, el eterno planteamiento de que las formas de vida de cara a la galería a menudo ocultan la verdadera naturaleza de una persona, esto es, ser un porrero no te convierte en un delincuente ni ser un policía kantiano en un buen padre.

Ambivalencias que además se convierten en desmitificaciones del amor sin fisuras; irrealidades humanas que deben comprenderse porque son ellas las únicas sinceras.

Pero las fisuras llegan y algo no termina de empacar, no se sabe muy bien si porque el ritmo que es correcto es poco móvil o porque el guión no termina de meter en la historia por no profundizar en lo que realmente cree que está dando importancia y, sin embargo, lo que sinceramente importa quedar cojo. Concretamente puede verse como quiere darse preponderancia a las relaciones con su padre biológico y su “padre” profesional, pero es que ni una cena ni la oportunidad de negocio pueden mostrar esos lazos. Parece que sobre un personaje que debería ser fundamental como es el hermano del protagonista, un Mark Wahlberg que parece querer contar algo, el metraje tiende a silenciarlo.

Aún así, la complejidad del guión podría haber sido resuelta de forma calamitosa pero salva la jugada muy probablemente por una técnica que brilla de esplendor en momentos puntuales. Entre ellos, sobresale la persecución en primera persona, demostración plena de querer primar el sentimiento sobre la acción. Una escena genial que ensalza lo que se quiere contar y que se finiquita del mejor modo, con choque y lluvia. No debe olvidarse tampoco la secuencia del mechero, de las pocas que transmiten la angustia de este tipo de situaciones y que para los más avispados ya va avisando su resolución desde hace rato, lo que, en este caso, la convierte en ingeniosa y resultona (estamos hablando de cerillas). La que intenta ser resultona y queda, en parte, desilusionante es la escena del trigal (por llamarla de algún modo, que ya se que no es un trigal) que aunque tiene tensión e ínfulas de meternos las espigas por la nariz, su resultado está estéticamente desaprovechado.

La noche es nuestra es un filme deseoso de grandes alabanzas que se pierde en una innecesaria complejidad que resulta simple. Sin embargo, la película consigue sacar pecho y erigirse por encima del corral del género. Una especie de Padrino a la inversa, pero menos rotundo.

Néstor García

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domingo 30 de marzo de 2008

El que mejor contaba los chistes

“El precio de la verdad” (2003), de Billy Ray, es una de esas películas con título de telefilme de Antena 3, argumento de telefilme de esa cadena, y desarrollo narrativo y dirección técnica de telefilme de después de comer. Pero como hoy no nos toca hablar de cine sino de periodismo, o algo así, vamos a intentar analizar el tema de la película sin insultar en exceso el filme.

El precio de la verdad narra la historia de Stephen Glass, un periodista americano del periódico de opinión The New Republic; publicación de considerable fama en EEUU, que falsificó la información de 27 de las 41 historias que había escrito para la revista. Interesante en este caso fue su descubrimiento por el periódico digital Forbes.com, ya que hay que tener en cuenta que en 1998 la fama de las ediciones digitales era mínima y esto podía servir de impulso para el desarrollo de la prensa en Internet. Podríamos decir que fue un David contra Goliat, es decir, un Forbes contra The New Republic.

De la película podemos destacar, o mejor dicho, podemos intuir algunas de las ideas que transmite:

- El periodismo en EEUU es chachi, todo el mundo ayuda a todo el mundo, todo el mundo tiene voz y voto y en las redacciones se trabaja con todo el tiempo del mundo, sin presiones de los jefes; jefes que, por cierto, son tus mejores amigos. Tan amigos que cuando despiden a tu superior y ponen a otro, ambos se desean suerte y aquí no ha pasado nada.

- Aunque tu proceso de corrección de un artículo sea perfecto y pase por (perdí la cuenta) más de un centenar de manos, entre compañeros, jefes, abogados… debes saber que nada es perfecto y que hasta el más listo puede hacer alguna tontería.

- No te dejes convencer por el que mejor cuenta los chistes, porque en este caso el que mejor cuenta los chistes, cuenta mejor las mentiras.

- No desprecies las nuevas formas de comunicar, porque estás puede que sean incluso mejores que las que ya existen. En la película, una edición digital demuestra que es mejor que una edición escrita de mucho peso tradicionalmente, o que al menos puede tener una mayor preponderancia en la opinión pública. En la actualidad, no se deben desprestigiar nuevas formas de comunicación, las llamadas periodismo 3.0, es decir, los blogs (periodísticos, que los hay, o no), los wikis y cualquier nueva herramienta de comunicación, no vaya a ser que los valores en los que se escuda el mítico periodismo tradicional estén mejor cubiertos por este tipo de medios.

Como decía El Principito: "uno nunca sabe".

Nota de autor: Algunos saben que aquí hay truco, para los que no, explico el motivo de esta entrada. Este análisis fue publicado en un proyecto de blog que mantenía sobre periodismo digital y la blogosfera que como está abandonado, he pensado que ha alguien podría interesarle está reflexión escudada en una película bastante mediocre. Pero para que nos vamos a engañar: lleno espacio sin trabajar más que haciendo alguna corrección. Aún así, espero que alguien lo encuentre interesante.

Néstor García
www.deformacionprofesional.org